Esta historia me la contó un gran amigo, a quien dedico este post.

Una mujer tenía una hija adolescente con problemas. La chica iba mal en la escuela y no se relacionaba con sus compañeros de clase. En casa sólo se comunicaba con silencios o gritos. La madre, desesperada, acudió a un terapeuta.

El hombre se reunió con la joven para una primera sesión y acordaron hacer un trabajo de Coaching. A la salida, le dio a la madre sus tarifas y condiciones de pago, que incluían abonar el importe total al final del tratamiento.

Coach y clienta trabajaron juntos durante 8 semanas en las que se vieron 8 veces. Pasado este tiempo, la chica estaba contenta, había recuperado el contacto con sus amigos, se había reestablecido la comunicación en casa y sus notas habían mejorado bastante. Coincidían en que ya estaba lista para caminar por su propio pie y así se lo contaron a la madre.

La hija se despidió de su Coach y se fue a esperar al coche, mientras la madre se ocupaba de liquidar los honorarios.

El Coach le había preparado una factura por valor de 8 sesiones. No recuerdo el importe, aunque creo que fueron unos 80.000 pesetas de la época (menos de 500 euros). Cuando la mujer vió el papel, estalló en cólera: “Pero, ¡¿qué es esto?! ¡Es mucho dinero!”

Mi amigo la miró en silencio. Lentamente, acercó su mano a la solapa de la chaqueta de cuero que llevaba la mujer. La tocó suavemente y dijo: “¡Qué bonita! ¿Cuánto te ha costado?”

La mujer se ruborizó. Sacó un talonario, rellenó un cheque, lo firmó, y se lo entregó al Coach.

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